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Entre montañas y caminos ancestrales

“Los pueblos Pastos y Quillacingas fortalecen su territorio desde la autonomía”

Por Panal Medios

Red de Medios Alternativos y Comunitarios

En las frías montañas del sur de Nariño, donde la neblina cubre lentamente los caminos rurales y los cultivos se extienden entre páramos y laderas, las comunidades indígenas Pastos y Quillacingas llevan siglos resistiendo desde el territorio. Allí, en medio de vías difíciles, economías campesinas e historias atravesadas por el abandono estatal, las transformaciones recientes no solo se miden en concreto, maquinaria o infraestructura: también se reflejan en la posibilidad de fortalecer el gobierno propio y preservar la memoria ancestral.

 

En 31 resguardos indígenas del departamento avanzan actualmente 42 proyectos impulsados por el Gobierno nacional, a través del Ministerio del Interior, con apoyo técnico de Findeter

. La inversión supera los 33.378 millones de pesos y beneficia a más de 110.000 integrantes de los pueblos Pastos y Quillacingas.

 

Sin embargo, para las comunidades, el verdadero significado de estas intervenciones no se encuentra únicamente en las cifras oficiales. Está en los caminos que dejaron de ser barrizales imposibles; en las casas de pensamiento donde continúa transmitiéndose la palabra ancestral; en las mujeres indígenas que fortalecen sus espacios de participación; y en los procesos comunitarios que buscan sostener la vida colectiva desde la autonomía territorial.

 

En el resguardo indígena de Muellamués, como en otros territorios del Nudo de los Pastos, las dificultades para transportar productos agrícolas marcaron durante años la economía de las familias campesinas e indígenas. Las motos se dañaban en los trayectos, las mulas seguían siendo indispensables y buena parte de las ganancias terminaba invertida en sobrevivir a las malas condiciones de las vías.

 

“La vida nos cambió radicalmente. Antes teníamos que transportar los productos agrícolas hasta los centros poblados a lomo de mula o en moto, y la tercera parte de nuestras ganancias se iba en la reparación del motor de la moto por las grandes pendientes y barrizales que debíamos cruzar”, cuenta el Taita Teófilo Norberto Moreno, representante legal de la Asociación de Cabildos y Autoridades Indígenas del Nudo de los Pastos Shaquiñan.

 

A través de la línea de fortalecimiento vial, se han invertido más de 10.149 millones de pesos en la construcción de 11 placas huella que suman 3.155 metros lineales y benefician a comunidades indígenas de Cumbal, Guachucal, Ipiales, Aldana, Funes y otros municipios del sur del departamento.

 

Las obras buscan mejorar la conectividad rural y facilitar la comercialización de productos agrícolas en zonas históricamente afectadas por el aislamiento geográfico.

 

En otros territorios, las transformaciones llegan a través de la maquinaria amarilla y verde entregada para el mantenimiento de vías terciarias. Comunidades indígenas de Guachavés, Colimba, Túquerres, Mallama y Yascual ahora cuentan con equipos que permiten intervenir carreteras rurales y fortalecer la movilidad entre resguardos y cabeceras municipales.

 

Pero quizás uno de los procesos más significativos para las comunidades indígenas se desarrolla en las casas de pensamiento y cultura.

 

En municipios como Pasto, Santa Cruz e Ipiales, nueve casas de pensamiento y dos escenarios deportivos fueron intervenidos y dotados con inversiones cercanas a los 9.060 millones de pesos.

 

Lejos de ser simples edificaciones comunitarias, estos espacios representan el núcleo espiritual, político y cultural de los pueblos originarios. Allí se realizan encuentros comunitarios, procesos de educación propia, armonización espiritual y transmisión de saberes ancestrales entre mayores y jóvenes.

 

“La intervención de estos centros nos ha dado un soporte para seguir fortaleciendo nuestros procesos de educación, cultura y gobernabilidad”, explica el Taita Efrén Achicanoy, del resguardo indígena Obonuco del pueblo Quillacinga.

 

La apuesta institucional también incluye proyectos dirigidos al fortalecimiento del gobierno propio, la armonía y el equilibrio territorial. Cinco resguardos han sido beneficiados mediante iniciativas orientadas a consolidar sus sistemas de autonomía y preservar su identidad cultural desde sus propias cosmovisiones.

 

Al mismo tiempo, tres proyectos enfocados en las mujeres Warmi buscan fortalecer su participación política y social dentro de las dinámicas organizativas de las comunidades indígenas, promoviendo procesos de liderazgo, autonomía y gobernanza territorial.

 

En zonas rurales de Córdoba, Cumbal y Pasto, la línea de desarrollo productivo ha permitido la entrega de insumos agropecuarios, así como crías de bovinos, porcinos y cuyes, fortaleciendo economías familiares y comunitarias que siguen siendo fundamentales para la sostenibilidad de los resguardos.

 

Las inversiones hacen parte de los compromisos establecidos en la Mesa Regional Permanente de Concertación creada mediante el decreto 2194 de 2013, incorporados posteriormente en el Plan Nacional de Desarrollo y ejecutados por el Ministerio del Interior a través de la Dirección de Asuntos Indígenas, Rrom y Minorías.

 

Sin embargo, más allá de los programas estatales, las comunidades indígenas insisten en que el centro de estos procesos sigue siendo la defensa del territorio y de la vida colectiva.

 

En los páramos y montañas del sur de Nariño, donde los pueblos Pastos y Quillacingas han resistido durante generaciones, cada placa huella, cada casa de pensamiento y cada proyecto productivo adquiere un significado que trasciende la infraestructura. Son también formas de sostener la autonomía, preservar la memoria ancestral y reafirmar que el territorio continúa siendo el corazón de sus procesos comunitarios.

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