

Escuelas junto al manglar
La transformación silenciosa de la educación rural en la costa pacífica de Nariño
Por Panal Medios
Red de Medios Alternativos y Comunitarios
En las zonas rurales de La Tola y Santa Bárbara, donde los caminos suelen abrirse entre ríos, manglares y trochas húmedas del Pacífico nariñense, la escuela representa mucho más que un lugar para aprender a leer y escribir. Para muchas comunidades afrodescendientes y campesinas, la sede educativa es también comedor comunitario, refugio en temporadas de lluvia y uno de los pocos espacios de encuentro colectivo que permanecen activos en territorios históricamente golpeados por la pobreza, el aislamiento y el abandono estatal.
Por eso, cuando las nuevas obras de infraestructura comenzaron a entregarse en varias sedes rurales de estos municipios, la noticia fue recibida como una transformación concreta de la vida cotidiana.
El Ministerio de Educación Nacional, en articulación con Findeter
, entregó cinco nuevos proyectos de mejoramiento de infraestructura educativa que benefician a 88 estudiantes de zonas rurales del departamento de Nariño. Las intervenciones hacen parte de la estrategia nacional para reducir brechas históricas de acceso y calidad educativa en territorios apartados del país.
La inversión superó los 1.097 millones de pesos e incluyó adecuaciones de aulas, cubiertas, cocinas, comedores escolares, baterías sanitarias, instalaciones eléctricas, redes hidrosanitarias y mejoramiento de espacios exteriores.
En La Tola, una de las instituciones beneficiadas fue la Institución Educativa Agropecuaria y Ambiental Arca de Noé, sede Guillermo Zarama. Allí, docentes y familias recuerdan cómo durante años las lluvias afectaban el funcionamiento de las instalaciones y limitaban las condiciones de permanencia escolar.
En las zonas rurales del Pacífico, donde las precipitaciones son permanentes y la humedad atraviesa las construcciones, muchas escuelas sobreviven entre techos deteriorados, filtraciones y espacios insuficientes para atender a los estudiantes. La precariedad de la infraestructura ha sido durante décadas una de las expresiones más visibles de las desigualdades territoriales.
En Santa Bárbara, las obras llegaron a cuatro sedes educativas: Santa Rosa y La Peñita, pertenecientes a la Institución Educativa Santa Rita; y Chanzará Las Peñas y Las Varas, adscritas a la Institución Educativa Soledad Pueblito.
Aunque las cifras oficiales hablan de decenas de estudiantes beneficiados, en estas comunidades las escuelas tienen un impacto mucho más amplio. En muchos casos, son los únicos espacios públicos adecuados en veredas apartadas donde la presencia institucional sigue siendo limitada.
Las nuevas sedes entregadas se suman a otras seis instituciones educativas intervenidas y entregadas en diciembre de 2025 en los municipios de Mosquera y La Tola. Entre ellas se encuentran las sedes El Secadero, Poija, Centro Educativo Las Torres, El Pueblito, Nerete y la sede principal de la Institución Educativa Agropecuaria Cocal de los Payanes.
En total, once sedes educativas han sido mejoradas en esta región del Pacífico nariñense mediante inversiones superiores a los 2.628 millones de pesos, beneficiando a 247 estudiantes.
Pero en territorios donde históricamente estudiar ha significado enfrentar largas distancias, infraestructura precaria y ausencia estatal, las obras adquieren un significado que va más allá de la construcción física.
Las comunidades educativas hablan de dignidad. De la posibilidad de cocinar alimentos en condiciones adecuadas para los niños. De tener baños funcionales. De evitar que las lluvias interrumpan las clases. De ofrecer espacios más seguros para la permanencia escolar.
En las riberas y veredas del Pacífico nariñense, donde el abandono estatal se ha acumulado durante generaciones, pequeñas transformaciones como una cubierta nueva o un comedor escolar remodelado terminan modificando profundamente la relación de las comunidades con la educación pública.
Las entregas hacen parte de la política impulsada por el gobierno del presidente Gustavo Petro para fortalecer la infraestructura educativa rural y garantizar que el acceso a la educación no dependa del lugar donde nace un estudiante.
Mientras cae la tarde sobre los manglares y los niños abandonan las aulas recién intervenidas, las comunidades saben que los desafíos siguen siendo enormes. Sin embargo, en estas veredas del Pacífico, donde durante años las escuelas resistieron entre el deterioro y el olvido, cada mejora representa también una señal de permanencia, cuidado y esperanza colectiva.


